domingo, 1 de noviembre de 2015

BARENBOIM Y LA WEDO EN GRANADA: EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA INTERPRETACIÓN

80 aniversario del nacimiento de Edward Said. West-Eastern Divan Orchestra. Daniel Barenboim, dirección. Programa: Sinfonías nº 39, 40 y 41 «Júpiter» de Mozart. Auditorio Manuel de Falla de Granada, miércoles 28 de octubre de 2015

La conmemoración del ochenta aniversario del nacimiento del filósofo, lingüista y activista palestino-estadounidense Edward Said, fallecido hace doce años, ha traído de nuevo a Daniel Barenboim, la otra mitad de la fundación que lleva sus nombres, y a la orquesta que juntos fundaron, a tierras andaluzas por segunda vez este año. Y lo ha hecho con otro de los grandes caballos de batalla de su dilatada trayectoria profesional, Mozart, con quien la anticuada y rancia polémica sobre las formas y estéticas con las que tratar su música está más que servida. El maestro parece haber optado definitivamente por las maneras tradicionales, eminentemente sinfonistas de abordar la música del compositor salzburgués, entiéndase suntuosas y sin abandonar cierta tendencia romántica que caracterizó la interpretación musical clásica durante buena parte del siglo pasado. Como me explicaba mi padre cuando era niño, de forma sencilla para que lo entendiese, que a diferencia de otras músicas en la clásica se deben respetar siempre las partituras, sin que por ello el intérprete deba renunciar a su particular idiosincrasia y universo estético. El de Barenboim está certificado y aprobado desde hace mucho tiempo, lo que no deslegitima a quienes no lo compartan ni disfruten.

Auditorio Manuel de Falla
El bloque que conforman las tres últimas sinfonías de Mozart, culminación de la sinfonía clásica, fue ofrecido por el director y su no tan joven orquesta, al menos en esta ocasión, de palestinos, isrelíes y andaluces con tanta maestría como auténtica genialidad, lo que ya es difícil, casi imposible, tratándose de unas páginas tan arraigadas en el acervo popular. La 39 sacrificó su habitual calidez, sin perder consistencia ni solemnidad, en favor de un acentuado dramatismo, patente en los desgarrados contrastes e inquisitivas reflexiones del allegro inicial. Aunque el andante mantuvo esa línea dramática, le faltó algo de tensión y sus episodios oscuros y tempestuosos quedaron algo velados. Más ortodoxos, el menuetto y el presto final mantuvieron una línea técnica y melódica imponente, con solos de clarinete extraordinarios y metales imponentes. El molto allegro con el que se inicia la 40 acertó en su palpitante intensidad para a partir de ahí regalarnos un interpretación memorable de la celebérrima página. Pesimista y turbulenta sin renunciar a sus puntuales pasajes de optimismo y un ritmo apremiante pero nunca encrespado, la sinfonía deambuló entre una energía apabullante, una atmósfera seria y un discreto aire violento con el que se acertó a adelantar un espíritu romántico sin prejuicios.

Barenboim defendió la Júpiter con las repeticiones del molto allegro final, como lo ha hecho en disco en alguna ocasión, por ejemplo en la grabación de 1967 junto a la English Chamber Orchestra. Sin arrogancia y con lirismo, sin agresividad pero conservando su carácter triunfalista y olímpico, su batuta dosificó con elegancia las prestaciones de unos timbales y trompetas al mismo excelente nivel que el resto de los intérpretes convocados. Seguramente no se trata de una de las mejores orquestas del mundo, como asevera su artífice, pero cuando a ella acuden miembros históricos que han crecido a su amparo, adopta una mayor estabilidad y cohesión, con resultados tan sobresalientes como los logrados en este concierto en Granada que se repitió al día siguiente en Málaga.

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