lunes, 13 de abril de 2015

7º CONCIERTO DE CÁMARA DE LA ROSS: SONO REALE, ATASCADOS EN LA AMABILIDAD

XXV Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.
Sono RealeVicent Morelló, flauta. Sarah Roper, oboe. Gretchen Talbot, violonchelo. Alejandro Casal, clavecín. Programa: Musica Toccata (Trío Sonata en Mi menor, de Telemann; Sonata nº 3 para chelo y clave, de Boccherini; Concierto nº 5 de «Les gouts réunis», de Couperin; Sonata para flauta y clave BWV1035 de Bach; Trío Sonata RV81 de Vivaldi). Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 12 de abril de 2015

De la vanguardia americana del pasado concierto de cámara a los aires barrocos del presente, estos extremos en principio muy alejados pero que coinciden en su rabiosa modernidad, si no fuera porque atacados con premisas estéticas de antaño la música barroca y pre-clásica suena vetusta y fuera de estilo, como ocurrió con tres competentes integrantes de la sinfónica y uno prestado de la Barroca y aledaños, el imprescindible Alejandro Casal, que ofreció su incontestable buen oficio y pasión por la música para aliviar en parte el sonido blando de sus compañeros.

Aunque en los atriles predominó el estilo afrancesado de las partituras, no todo debía sonar igual y sin rastro del estilo exuberante de Telemann o italianizante de la sonata de Bach o de Vivaldi, que debían haber sido convocados para añadir al conjunto algo más de incisividad y calidez. No es fácil brillar igual como solista que como miembro de plantilla, por lo que no conviene ser muy exigente; no obstante Morelló se lució ampliamente cuando se enfrentó a una sonata de Bach sobrada de creatividad en sus complicadas ornamentaciones. Talbot sin embargo mantuvo el equilibrio como bajo continuo, pero como solista perdió el tono a mitad del Largo inicial de la sonata de Boccherini y ya no logró recuperarlo en toda la pieza.

Por su parte Roper exhibió agilidad y luminosidad en el quinto de los diez conciertos de gustos combinados que compuso Couperin justo después de sus conciertos reales, pero siempre dentro de una homogeneidad de conjunto que propició ese exceso de monotonía teñido de morbidez que caracterizó a todo el concierto. Lo mejor fueron los movimientos rápidos de Telemann y Vivaldi, dinámicos y flexibles, aunque atascados en todo momento en un exceso de amabilidad. No faltaron las habituales explicaciones, mejor proyectadas cuando se hacen de pie, y en esta ocasión nadie acusó miedo escénico y cada intérprete hizo sus propias presentaciones.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía el lunes 13 de abril de 2015

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